En un mundo dominado por el dinero y el consumo, la poesía persiste como un acto casi prodigioso. El último poemario de Ignacio Vleming, Rincones de ambigua geometría (La Bella Varsovia) convierte la decadencia de un centro comercial en un reflejo del vacío espiritual de nuestra sociedad.
© JOSÉ ANTONIO SANTANO
«Asombra en un mundo como el nuestro, ajeno a cuanto no signifique ganancia, y regido por el dios Dinero hasta la náusea, que los poetas sigan existiendo; es más, existan más poetas que nunca», escribe el profesor y poeta granadino Antonio Enrique en su libro El espejo de los vivos. Asombra, ciertamente, esta circunstancia que, por otra parte, se explica si observamos cómo la cantidad no refleja, necesariamente, la calidad suficiente que todo texto poético debe alcanzar. Se produce así un desfase entre realidad y deseo, una desviación respecto a la búsqueda del verdadero camino a seguir, que nos alerta de otra dimensión del conflicto moral entre materia y espíritu, y nos arroja a otro estadio donde la poesía está tiranizada por sectas o grupos de poder más atentos a sus intereses personales de notoriedad que al hecho poético en sí mismo.

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Que siga existiendo la poesía en un mundo como el actual es sencillamente prodigioso, pero solo si aquella viene marcada por un sello de ineludible excelencia, que una ética y estética de manera singular, aspiración que debe sustentar a todo poeta que se precie. Así, el poeta Ignacio Vleming (Madrid, 1981) nos atrapa con su último poemario, Rincones de ambigua geometría, al cuidado editorial de La Bella Varsovia, presentándonos un texto arriesgado en su concepción y acertado en su desarrollo. A este precedieron otros como Clima artificial de primavera, Cartón fósil y La revolución exquisita; como ensayista escribe Fisura y en literatura infantil el cuento en verso El pingüino Pepito.
Se nos anuncia en la contracubierta: «Rincones de ambigua geometría puede leerse como una pieza teatral agonizante, como el guion de una película escrito en una noche de insomnio, como los últimos versos del último poema de un cancionero hackeado. Su escenario es el escenario mismo en el que terminaron las esperanzas del siglo XX: nada más y nada menos que un centro comercial en decadencia y destinado a convertirse en una ruina».
Si se me permite añadiría que es algo más que todo eso, porque partiendo de una cotidiana realidad profundiza en las relaciones humanas anunciándonos otro universo en el que la conciencia o espiritualidad de los actores trasciende de forma sutil y determinante al mismo tiempo en el espacio y el tiempo. Para ello, Vleming dialoga consigo y el corazón del mundo, significado esencialmente en el espacio cerrado de un supermercado, en el que de forma inusual se transforma en cada uno de los personajes que representan sus rutinarias vidas, y que el poeta asume como propias. Vleming nos muestra en este poemario el verdadero reflejo social de un centro comercial en decadencia, que no es sino el propio ocaso de una sociedad consumista y alejada de los valores humanos, una sociedad caduca y servil, sin pensamiento crítico.
En la primera parte del libro, “Multitud”, de clara evocación sanjuanista en su primer poema: «Acaso me encontraste, /caído en la espesura de los bosques, /como un ratón herido /por aves de rapiña /y luego abandonado entre los árboles», Vleming dibuja con trazo firme un lugar amorfo, al que se acude para pasar el tiempo y consumir por el hecho de consumir: «Aquí se viene a pasar tiempo, / la tarde o la mañana, / el día o la noche». Dos vigilantes y una limpiadora: «Tienen dos uniformes idénticos /pero podrían usar el mismo /si hubiera tiempo para poner /una lavadora… Andrés sustituye a Emilio /y Emilio sustituye a Andrés»; Fátima, la limpiadora inmigrante, «Con la parsimonia de los burgajos, /empuja el carro de la limpieza /y repasa los pomos y las barandillas /que ha tocado todo el mundo», y, «Para trabajar sí se quita el velo /porque no le gustan algunos comentarios».
Vleming llama a la esperanza transformadora del amor.
Entre todos habrá complicidades, maneras de ser y de miradas distintas, que reflejan ese devenir rutinario y tedioso del trabajo en el espacio agobiante de un centro comercial. Así, Vleming construye un discurso poético centrado en la soledad y el vacío, proporcionado a través de diferentes voces, que representan conceptualmente aspectos esenciales del desarrollo integral de los seres humanos, tal es la educación (“Los niños”): «Queridos inocentes, /el mercado es como un manantial /del que rezuman los billetes. / Este y solo este es el principio /civilizador…», las Artes, (“La exposición”): «Nadie quiere comprar una obra de arte /en el mismo lugar que la pasta /dentífrica o el papel higiénico. //Son ideas de los de arriba… /para ver si animan esto.» o la Organización para el consumo (“Las ruinas”): «Solo hay una columna que no puede tirarse, /que resiste al paso de la historia. /Me refiero al rincón donde / Andrés y Andrea, /Fátima y Emilio…//No es posible cortar la luz a las estrellas, /sumergirlas en un pozo de petróleo / que arda el mar».
Vleming llama así a la esperanza transformadora del amor, del encuentro de los cuerpos y su lento acoplamiento, sin tiempo ni normas, libres al fin de ser; ajenos de la oferta y la demanda, del consumismo exacerbado y alienante, estéril y decadente. Esta es la verdadera mirada del poeta: hacia dentro, muy hondo, derecho al corazón del hombre.
Rincones de ambigua geometría, Ignacio Vleming, La Bella Varsovia (2025)
EL AUTOR

JOSÉ ANTONIO SANTANO (Baena, Córdoba, 1957) cultiva la poesía, narrativa, ensayo y crítica literaria. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Almería, y autor de más de veinte libros, entre los que destacan Profecía de Otoño; Exilio en Caridemo; Suerte de alquimia o Tiempo gris de cosmos, todos ellos galardonados con prestigiosos premios.



