El exilio logrado de María Zambrano o la revelación del verdadero ser

El ciclo Maestras contemporáneas concluyó en el Círculo de Bellas Artes con una sesión dedicada a María Zambrano. Esta sexta y última charla profundizó en la razón poética de la pensadora malagueña y en la dimensión más profunda que tuvo el exilio en ella.
© REDACCIÓN ACE

Con una sala llena hasta la bandera, ocupada en buena parte por alumnos del instituto María Zambrano de Leganés, la última sesión del ciclo dedicado, precisamente, a María Zambrano dejó un gran sabor de boca. Moderadas por el alma máter de estas jornadas, Fanny Rubio, Marifé Santiago y Mercedes Gómez Blesa, grandes conocedoras de la obra y el pensamiento de la filósofa, se repartieron las intervenciones.

Santiago, que es autora de obras como, María Zambrano, correspondencia inédita con Gregorio del Campo, comenzó su ponencia aludiendo a la María Zambrano niña. Y recordó cómo, cuando era pequeña, María Zambrano quiso ser caballero templario, pero su padre le dijo que no. Aquella negativa temprana se convertiría años después en una pregunta que la filósofa no dejaría de hacerse: ¿qué puede ser una niña? ¿Y qué puede ser una mujer?

Ya adulta, al estudiar filosofía, Zambrano volvió sobre aquella primera frustración. Ser mujer —algo que no se elige— implicaba en su tiempo una larga lista de vetos, muy distinta de la libertad con que un hombre podía imaginar su futuro. Tal vez por eso, concluiría después, eligió la filosofía: porque somos seres efímeros obligados a decidir, y en esa elección —pensaba— no debería haber renuncias impuestas ni vidas construidas sobre lo que se nos prohíbe.

«Debemos ser seres para la vida, capaces de crear circunstancias en las que nadie, en el tiempo que le corresponda vivir, se sienta excluido o extranjero», dijo Marifé Santiago, haciendo suyas las palabras de la filósofa.

Camino hacia la razón poética

Porque se trata de hacer una revolución en el espíritu, señaló Santiago parafraseando ahora a Giner de los Ríos. Es una época, en que España empieza a conocer movimientos asociativos de mujeres, como el Lyceum Club Femenino, fundado en 1926 por «mujeres extraordinarias». Porque, según Marifé Santiago, cuando alguien entra en el terreno de los derechos —como hizo Zambrano— sabe que antes hubo otras que abrieron ese camino y que una simplemente lo recibe. Quizá pensaba en mujeres comprometidas con la defensa de los más débiles, como lo fue Concepción Arenal. «No estás sola. Ese camino te hace saber que no estás sola, aunque parezca que algo ocurre por primera vez. A eso se le llama genealogía», apuntó esta doctora en Filosofía y profesora en la UCM.

Marifé Santiago intervino en primer lugar

En el camino que llevaría a María Zambrano a formular su célebre idea de la razón poética, hubo varios maestros. El primero, de forma inesperada, fue san Juan de la Cruz. Zambrano lo descubrió no en un aula, sino gracias a una mujer del pueblo que la llevó a recorrer el valle donde había vivido el santo. Intrigada, la joven preguntó qué era exactamente un santo. La respuesta fue tan sencilla como reveladora: alguien capaz de poner en contacto a los seres humanos —con sus límites, prejuicios y educación— con el otro lado, con Dios, con el delirio, con aquello que queda fuera de la estricta lira de la razón.

Con el tiempo, Zambrano recordaría que llegó a san Juan de la Cruz antes por santo que por poeta. Más tarde comprendería que ambas cosas no estaban tan lejos: quizá todo poeta tenga algo de santo, en la medida en que logra poner en relación la vida cotidiana y sus límites con aquello que la trasciende.

Otro nombre fundamental en ese itinerario intelectual fue Antonio Machado. Zambrano veía en su poesía lo que llamaba «palabras seminales»: semillas de pensamiento que germinan con el tiempo, siempre que alguien se ocupe de cuidarlas. Porque para la filósofa, como recordó Marifé Santiago, el pensamiento tenía algo de jardín. En él conviven especies que se conservan y crecen con otras que, como plantas errantes, se marchan a otro lugar donde también pueden florecer. El pensamiento, decía, no es algo fijo: se mueve.

Dar forma al mundo que le tocó vivir fue una de sus mayores preocupaciones. La generación de Zambrano vio truncado su proyecto vital por la guerra y el exilio. Pero esa experiencia, según Marifé Santiago, revela algo más profundo: de algún modo todos somos seres exiliados, condenados en ocasiones a vivir en el afuera, buscando un lugar desde el que poder decir quiénes somos.

El exilio como viaje a nuestra esencia

De este modo tan sutil, se entregaron el testigo una a otra las ponentes de la última sesión del ciclo, celebrado en vísperas del 8M. Por su parte, Mercedes Gómez Blesa se centró en la experiencia del exilio en su pensamiento, en su cosmovisión. Así, comenzó exponiendo que el exilio se convierte en Zambrano en una condición existencial que, una vez descubierta y asumida, no puede abandonarse. De ahí que pospusiera tanto su regreso a España tras la muerte de Franco. Finalmente regresó en 1984, cuando ya nadie se lo impedía.

Esta reticencia no respondía solo a la falta de condiciones prácticas —no tenía domicilio en España ni familiares cercanos—. Tampoco se explica únicamente por un temor psicológico a no reconocer su país después de 45 años fuera. Zambrano habló abiertamente de ese temor y Gómez Blesa, autor de ensayos sobre su figura como María Zambrano: El canto del laberinto, lo citó así:

«Confieso que me ha costado mucho trabajo renunciar a mis cuarenta años de exilio. Tanto que, sin ofender —al contrario, reconociendo la generosidad con que Madrid y toda España me han arropado—, de vez en cuando me duele. No es que me duela: es una sensación como de quien ha sido despellejado, como san Bartolomé».

A esto, recordó la ponente, Zambrano lo llamó el exilio logrado. Porque el exilio se convirtió para ella en su verdadera patria: el lugar —o el no-lugar— en el que más tiempo había habitado. Lo expresó en los artículos Las palabras del regreso:

«Amo mi exilio; será porque no lo busqué, porque no fui persiguiéndolo. Lo acepté. Y cuando se acepta algo de corazón, cuesta mucho trabajo renunciar a ello».

Gómez Blesa publicó un ensayo sobre Zambrano en 1992

Así, explicó Gómez, Blesa, el exilio deviene así una condición ontológica: una forma de ser que trasciende toda dimensión histórica. Ser exiliado no consiste solo en perder la patria, sino en asumir la pérdida de toda patria. Porque después de tantos años de ausencia, ya no es posible volver al lugar del que se partió para echar de nuevo raíces. Hay que aceptar la imposibilidad de recuperar una tierra firme, un fundamento vital. El exiliado se convierte en un errante perpetuo, señaló la ponente, en un caso que recuerda al de la también escritora María Luisa Elío, que en su Tiempo de llorar dejaría plasmadas las sensaciones encontradas a su regreso, tras años en México, a su Pamplona natal: Volver es irse, diría.

Para María Zambrano, el exilio no era solo una circunstancia histórica, sino también una frontera interior. Una frontera sin guardianes pero difícil de atravesar, que ella comparaba con la situación del personaje K en El castillo, de Kafka. El exiliado queda así suspendido entre pasado y presente. Pero en esa pérdida también se abre una revelación: el exilio se convierte en el lugar donde puede descubrirse una patria distinta, no geográfica sino espiritual, un espacio donde el ser profundo se manifiesta, donde el «ser oculto sale a la luz».

Concluyó así un acto, un ciclo, que había comenzado con unas palabras de agradecimiento de Valerio Rocco Lozano, director del CBA, a Fanny Rubio, impulsora inicial del ciclo hace ya varios años, y destacó el apoyo de ACE y CEDRO, así como la participación de autoras como Ana Rossetti Pepa Roma.

 

Por su parte, la citada Pepa Roma, vicepresidenta de ACE, subrayó la buena marcha de unas charlas que comenzaron el Día de la Mujer Escritora y concluyeron en vísperas del 8M. También celebró la presencia de jóvenes —entre ellos alumnos de un instituto de Leganés— como garantía de la transmisión de ese legado literario a nuevas generaciones.

Puedes ver íntegra la sesión aquí.

Todo el ciclo, organizado por el CBA, impulsado por ACE y con el apoyo de CEDRO, ha sido un éxito de convocatoria. En la imagen, Valerio Rocco y ponentes