La publicación de Guardia nocturna (Bartleby) reúne en un solo volumen más de tres décadas de poesía de Rafael Morales Barba. Este libro, que compendia sus tres entregas anteriores, ofrece una lírica breve y depurada que atesora todos los requisitos para considerarla oceánica.
© JOSÉ LUIS MORALES
Pues parece que sí, que Rafael Morales ha venido, por fin; que Rafael Morales Barba ha enfilado la bocana y ha atracado el jabeque de sus versos en el muelle de Bartleby Editores, reservado a buques de gran calado. Y ha tendido un andarivel desde la amura de babor hasta la silla o la butaca de cada uno de sus lectores para estibar, con mesura y honradez, un flete de poemas —si no extenso, sí muy coherente— repleto de imágenes, símbolos y metáforas, que puede dejarles atónitos, así por la magnitud, como por la originalidad de sus propuestas líricas. Y es que, como los filamentos de las medusas que aparecen de vez en cuando en sus versos, el último desembarco poético de Rafael Morales está lleno de sugerencias ondulantes, y, aunque no sea nuevo, pues es la recopilación de sus tres libros de poesía publicados hasta el momento, está cargado de enigmas y sorpresas.
No he elegido a capricho este símil marinero para hablar de la poesía de Rafael Morales, como más adelante se verá. Pero ahora vayamos con lo árido, con los datos: Guardia nocturna está compuesto por Canciones de deriva (publicado en San Cesario di Lecce, en edición bilingüe el año 2006), más Climas —editado por la colección AbeZetario de Cáceres en 2013— y más Aquitania, publicado en Ediciones de la Discreta en 2020.

Treinta años de poesía en un volumen
Así pues, estamos hablando de una obra breve en extensión, que no en intensidad, una obra compuesta sólo de 138 poemas. (En realidad, se han eliminado en esta edición poemas poco convincentes para el autor por su reiteración o falta de claridad, como se advierte en el prólogo —que hay que leer— y se han pulido otros. Para ser exactos: de los 49 poemas que constituían la primera edición de Canciones de deriva quedan aquí 28; de los 114 de Climas ,73 y de los 38 de Aquitania, 32. Casi la tercera parte del total).
«Siempre he sido muy crítico conmigo mismo», afirma el propio Rafael en el prólogo a Guardia nocturna, y es verdad, ya se ve. además de preferir lo escueto a lo prolijo, lo breve a lo extenso, lo efímero a lo dilatado. Hasta el extremo de que el lector no podrá encontrar en todo el libro ningún poema que tenga más de 24 versos, y sí muchísimos inferiores a 10. (Y yo estoy de acuerdo con él en tan severo aprecio de la concisión y ambos lo estamos con un viejo y perdido aviador llamado Antoine de Saint-Exupéry que dijo: «La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar»).
Una obra breve sí, la de nuestro poeta, pero —como empecé diciendo— una obra que satisface todos los requisitos para ser considerada oceánica: 138 poemas en tres entregas continuas, sin partes ni capítulos fraccionadores; 138 títulos —alguno de ellos gemelo, casi todos reducidos a una sola palabra— que son la llave de cada poema; 138 instantáneas sensoriales que dan la vuelta al mundo —España, interior y costas, los cinco continentes, los siete mares, la atmósfera de todos los paisajes—; 138 coágulos de luz donde se cristalizan los fogonazos cordiales —en ese corazón circunmarino que es el suyo— de un Rafael Morales sorprendentemente sosegado, abstraído, contemplativo, solitario y casi ingrávido. Obra oceánica, dije, por lo profunda, por lo líquida y por lo transparente de su propuesta lírica. Y por la cantidad de referencias al mar —¿interior, exterior?— que sus versos contienen.
Más de treinta años confiesa haber empleado el autor en tallarla. Treinta años en los que la hiperactividad intelectual de Rafael Morales no ha permanecido ociosa, naturalmente, pues ha publicado crítica y ensayos. Pero Rafael Morales se siente, se palpa, se reconoce y se sabe poeta; no sólo, pero sobre todo, poeta. Y Guardia nocturna es la secuencia completa de su ADN literario, su genoma al desnudo.
Tal vez no sea fácil penetrar las defensas perimetrales de esta arquitectura poética tan desolada e hímnica a la vez, tan desnuda y barroca, tan opaca y brillante, tan desasosegada y tierna, tan íntima e impersonal simultáneamente. Todo en ella podría parecer hermético, alquímico, contradictorio, tangente a lo metafísico en más de un caso. Sin embargo, el lector paciente, a poco que persevere, acabará dando con la clave. Y pulsándola suavemente, la luz se hace.
Porque la lírica de Rafael Morales, aunque no creada ex–nihilo —a primera vista podría parecerlo—, tiene antecedentes, como todas, claro está, herencias que se intuyen en determinados usos y en no menos desusos, en sus frecuentes elipsis y zeugmas, en ciertas actitudes y juegos de sobreentendidos. Ahí están los clásicos, no sólo los españoles, las vanguardias ya centenarias, los ismos franceses y los poetas herméticos italianos (Ungaretti, Quasimodo, Montale) y el portugués Pessoa —de quien heredó al hacer la tesis sobre él tanto desasosiego—, todo el torrente de la poesía trasatlántica, con Vallace Stevens y Alejandra Pizarnick en el mascarón de proa; sin olvidar a Juan Ramón Jiménez y la terna más lírica del 50: Brines, Valente y sobre todo, Claudio Rodríguez; más que cualquiera, Claudio. Nadie nace sin padres. Rafael los tiene, es evidente. Lo que no tiene —ni parece que quiera— son padrinos.
Y no le hacen falta. A sus versos les basta con el mar y su oleaje. Porque ellos mismos son al tiempo talud y playa, médanos y coral, ecos pelágicos y bentónicos. Tal vez como su propio autor.
El poeta no ha puesto miguitas de pan en su camino.
La poética de Guardia nocturna es la contemplación, el asombro, la vibración solidaria con el macrocosmos desde la plenitud del microcosmos individual, entregado a la celebración —o a la elegía, en ocasiones— de la vida y sus instantes. Pues no otra cosa son estas instantáneas captadas con la réflex cordial que late en el pecho del poeta. Exactamente eso: instantáneas fijadas en papel, en blanco y negro. Hay cierta evolución entre cada uno de sus tres libros y sus amplios interregnos, pero es muy sutil, más perceptible por el dolor que subyace —muertes mediante— en Climas y en Aquitania, que por la forma en que se expresa.
Rasgos definitorios de esta manera de hacer poesía, desde mi punto de vista son: un lenguaje evocador, oscuramente analógico a partir de la asociación de ideas por yuxtaposición, la utilización de sustantivos absolutos (sin usar el artículo), los plurales indeterminados y una enorme variedad de imágenes oníricas. Así, el texto se sale de lo cotidiano y deviene mensaje atemporal, en el que la literatura no se extravía por las rutas de la experiencia ni de la emoción. Naturalmente, esto la convierte en una poesía difícil, destinada a pocos lectores, concebida casi como revelación, comunicable sólo mediante analogías, lo que la obliga a quedar alejada del lector difuso, o sea, del gran público.
De Ungaretti, en la poesía de Rafael Morales, uno puede encontrar el intenso valor de la palabra, reducida a sus elementos esenciales –y esencializadores– incluso en el aislamiento sintáctico y semántico. De ahí que el ritmo musicalizador y la lógica formal pasen a veces a un segundo término.
De Montale, la sonoridad sintáctica, la brevedad casi relampagueante del poema y la austeridad locativa. Y ese simbolismo íntimo, tan difícil de interpretar, salvo en el marco del paisaje íntimo del poeta.
De Juan Ramón Jiménez el predominio de la inteligencia sobre la apariencia, y de Claudio Rodríguez el tono hímnico, celebrativo y exaltado desde el que nuestro poeta expresa su asombro ante el misterio de la vida
Parece como si Rafael Morales estuviese de acuerdo con la concepción montaliana de la poesía como “una forma de conocimiento de ese mundo oscuro que sentimos en torno nuestro” y que, en realidad, no es más que nuestra propia conciencia objetivada. En la eterna polémica de la poesía como comunicación o como conocimiento, es obvio en qué bando rema Rafael Morales.
Rafael Morales Barba, en un rincón de Madrid, ciudad en la que nació en 1958. Imagen de Conocer al Autor.
Lo que en su poesía no hay es narratividad. Prácticamente ni uno sólo de estos 138 poemas es narrativo: ni mucho ni poco. El desarrollo histórico–espacial no forma parte de esta lírica. Las sensaciones, las emociones, las sorpresas, la interacción total del hombre con el universo se canta, no se cuenta. El verbo puede ser predicativo o descriptivo, pero desvela su mensaje siempre desde la contemplación y desde el tránsito; desde el constante e inaprensible viaje que es la vida. Tal como queda explícito, por ejemplo, en el segundo poema titulado «Aniversario»:
Contigo
por la orilla del tiempo
y el paisaje tardío.
Cae la tarde
embriagada y sin canto en los árboles
borrando las voces. Tañen
las penúltimas nubes
silenciosas
lo inmenso.
Y un pañuelo de sol sobre la charca,
braceando en su insomnio
se licúa
o
desangra.
Así, entre conmoción y tránsito, la palabra poética de Rafael Morales nos va poniendo ante los ojos estos daguerrotipos de su interacción con la realidad: sus viajes —múltiples, mágicos, lejanos—; sus instantes de quietud y contemplación, en los que el lector lo imagina casi suspendido en el tiempo, como cuando se escribe; sus incursiones por el intramundo de objetos, sucesos o paisajes íntimos; sus abrazos con la gozosa realidad a menudo no buscada, sino tropezada… El mundo, el océano, el orbe entero: todo está aquí. Y, sin embargo, en esta poesía no hay «yo».
Esta es, probablemente, una de las apuestas más radicales de esa poética: la ausencia casi absoluta del yo. No aparece apenas este pronombre en el libro, ni una sola vez la voz del poeta habla de sí, se protagoniza; y pocas están los verbos conjugados en primera persona. Hay algún lejano «nosotros», muy pocos, todo lo demás es alteridad, lo otro, lo ajeno, el universo en el que somos, y del que, obviamente, el poeta se siente observador y parte. Pero no está en él para mirarse el ombligo, lo está para contarlo, para transitarlo, para celebrarlo. Su segundo libro, Climas, es el ejemplo paradigmático de lo que yo llamaría la poética del ello, que se prolonga naturalmente por Aquitania. Cada poema es solo predicado, no hay sujeto; el poeta canta desde cierta lejanía, como una garganta en off, como una conciencia dotada de verbo.
La poética de Guardia nocturna es la contemplación, el asombro, la vibración solidaria.
Quien se interne en esta selva de Guardia nocturna deje el reloj, las botas y el machete, los prejuicios o las ansias en el umbral. Ande despacio y descalzo, atento solo al rumor de la hierba humedecida, al parpadeo del aire y de la luz, al pálido aura que parece emerger de cada sintagma. Sólo así le sorprenderá el relámpago de la comprensión y el gozo subsiguiente. Puede tardar, el poeta no ha puesto miguitas de pan en su camino ni ha dejado señales ni miliarios, pero cuando el relámpago estalla, el lector incorpora de golpe toda la claridad. Poemas ya transitados, que apenas fueron un roce en nuestra sensibilidad, devienen de repente resplandor. En el título de cada poema suele estar el interruptor —junto a la puerta, como en las alcobas—, para que el lector pueda darle al entrar. Pero también hay otro en la cabecera de la cama, para cuando queramos volver al sueño o a la oscuridad.
Una última observación: el poeta que ha tallado estas perlas marinas en su memoria durante treinta años, lo ha hecho en absoluta soledad y en ese ecosistema inmóvil, la ausencia del yo es también la ausencia del tú. Desde esa invisibilidad y en un silencio reverencial, el mundo puede ser observado por el poeta sin caer en el principio de incertidumbre. No hay otro modo de prepararse para tanta celebración.
Rafael Morales no es solo otro poeta, un poeta diferente, es también otra actitud, otra mirada, otra manera de entender y de extender la palabra poética. La poética del ello.
Guardia nocturna, Rafael Morales Barba, Bartleby Ediciones, 2024, 170 páginas, 16,15 euros.
EL AUTOR

JOSÉ LUIS MORALES (Fernán Caballero, Ciudad Real, 1955) es licenciado en Filosofía y Letras. Ha ejercido el periodismo y la docencia. Aunque haya hecho breves incursiones en distintos géneros literarios como la narración [Cuentos de niños para viejos tristes (1977), El bierzo y las tierras de Babia (1991)] o el teatro [Historia de una flor que nació en el último peldaño de una escalera (1973) y La adoración de los animales (2013)], su dedicación fundamental es la poesía.
Como poeta ha publicado una decena de títulos entre los que cabe destacar Par(entes)is (1995), El viento entre las ruinas (2009) o Gracias por su visita (2016). Su último libro es Ellos (2024).También ha preparado y publicado Antología recordada de José Hierro (1994); La vida entera (2002) y Espejismos (2005) sobre la obra de Juan Van-Halen, Lo que de mí puedo c ontaros (2013) y De mi paso fugaz (2022) estudios y antologías generales sobre la obra de Vicente Martín y Francisco García Marquina respectivamente. Y la edición de Cardinales (ocho poetas) en 2017.
Morales Barba, R. (2024). Guardia nocturna. Bartleby Ediciones.



