La despedida en falso de Julian Barnes

Julian Barnes (Leicester, 1946) se pone el punto final a su carrera literaria con Despedidas (Anagrama), una obra autobiográfica en la que reflexiona sobre la memoria, el amor, el declive y el paso por la vida. Temas potentes que sin embargo no acaban de conmover al lector en una obra dispersa y en general poco memorable.
© EDUARDO LAPORTE

Mis problemas con Julian Barnes —como también podría haberse titulado esta reseña— empezaron con Niveles de vida (2014). Me acerqué a esa obra atraído por lo que consideraba una valiosa obra de duelo por la pérdida de su mujer. Se ha escrito mucho sobre la muerte del padre, la madre e incluso del hijo, pero la muerte de la pareja quizá sea la más destructiva porque te deja realmente huérfano: es con tu pareja con quien haces tu vida, con quien te construyes, proyectas. Con ninguna otra persona, de hecho, duermes.

Me extrañó comprobar que el libro relegaba la historia de la muerte de su pareja al final, al último tercio, precedido por dos historias tan dispares como los pioneros de la aviación y como la del coronel Fred Burnaby, bohemio aventurero y viajero. Yo esperaba encontrar una historia tan conmovedora como las que nos regalaron Delibes (Señora de rojo sobre fondo gris), CS Lewis (Una pena en observación), o Francisco Goldman (Di su nombre). O como La ridícula idea de no volver a verte, en la que Rosa Montero da una vuelta de tuerca en el género de la memoria de duelo sobre la pareja muerta equiparando su historia a la de Marie Curie. No es un recurso gratuito: el marido de Marie Curie, Pierre Curie, murió atropellado por un carruaje, una tarde cualquiera de primavera. Tenía 46 años.

Apenas recuerdo nada de aquel libro, Niveles de vida, cuyo plano título tampoco hacía presagiar grandes alegrías literarias. Pero centrándonos en Despedidas, o Departure(s), en su título original, nos encontramos con un artefacto autobiográfico dividido en cinco capítulos, aunque en realidad se tratan sobre todo dos temas: el declive físico y médico del protagonista y la historia de amor de dos amigos, amiga y amigo, ya fallecidos, Jean y Stephen, que recuperan una vieja historia de tiempos de la universidad y le dan otra oportunidad cuarenta años después. Otro tema que se aborda es la memoria, los recuerdos involuntarios (o IAM: Involuntary autobiographical memories)

Con la historia de Jean y Stephen creo que Barnes podría haber compuesto una estupenda nouvelle, pero apuesta en cambio por un formato híbrido, autorreferencial en la parte tocante a su biografía clínica, de mero relator (e intermediario conflictivo) cuando hace de celestino (por dos veces) con sus amigos, y de ensayista un poco forzado con todas esas digresiones sobre la memoria, sus resortes y la trilladísima magdalena de Proust. Unas reflexiones que resuenan distantes, casi wikipédicas, en alguien que además se reconoce poco o no nada proustiano; es más, la literatura de Barnes, pragmática, precisa, racional, con ironía pero medida, se situaría lejos de la proustiana, excesiva, sensorial, minuciosa.

El lector viejo que es uno ya, intuye entonces un contubernio entre el señor Barnes y la parte editorial. Un encargo, vaya. No es descabellado pensar en una escena de este tipo: «Querido Julian, sería bonito plantear un libro como colofón a su brillante carrera. Sus lectores lo agradecerían y eso seguro que traería buenas ventas, un poco como los toreros cuando, en España, anuncian su retirada. Luego no pasa nada si vuelven: todos tenemos derecho a cambiar de opinión. Es más, cada vez queda mejor, en un mundo en que las posiciones maximalistas están mal vistas. Podría usted hablar de los curiosos resortes de la memoria, con una pertinente cita a Proust y su magdalena, y unas reflexiones sobre la vejez y el declive. Para darle algo de lubricante al libro, puede añadir una historia de amor, quizá de alguien cercano, y con eso tenemos el libro redondo. ¿Qué me dices, Julian?».

Dicho esto, sería muy grosero tumbar el libro por entero. Al contrario, más allá de la paja teórica y unas reflexiones sobre el declive físico que suenan un poco de déjà lu, la prosa de Barnes rezuma una simpática ironía, hay un talante desprejuicioso, ligero y levemente sofisticado, como un Woody Allen de Leicester, que atrae. Destaco especialmente una historia de amor de juventud que evoca, en el colegio mayor en el que reside mientras cursa sus estudios universitarios, y cómo tuestan pan para camuflar el perfume de la chica que ha colado en su habitación, incumpliendo las severas normas de la institución. Resulta entrañable que Barnes reconozca que el olor a tostada quemada no le retrotraiga, al contrario que a Proust, a sus años de mocedad con toda la intensidad que provoca el olfato. Esa asunción de una cierta anosmia sentimental, con todo lo de antisolemnidad que tiene, es uno de los puntos fuertes del libro.

Despedidas se lee como un libro de trámite que apenas nos mueve a coger el lápiz de subrayar.

También, ya digo, la historia entre Jean y Stephen, amigos de la universidad que se conocieron en la época, la del «matrimonio por pánico» en que la mayoría de sus compañeros se casaba para evitar dejar marchar a la pareja apresada en los años universitarios. Jean y Stephen, en cambio, no siguieron juntos, para reencontrarse cuarenta años después y darle otra oportunidad a su historia. Ahí juzgó, o eso cuenta, un papel clave Julian Barnes, en esta historia autobiográfica que se propone como tal: os voy a contar la historia de mis amigos. Su fracaso sentimental, sus miserias, taras, incluso disfunciones sexuales.

Ambos le hicieron jurar y prometer que no contaría la historia. Pero Barnes, no solo hace caso omiso sino que no muestra apenas remordimiento al hacerlo. Y la self-deprecation es una virtud en todo texto, pero contar las miserias de un amigo, cuando no te ha dado permiso para hacerlo, está feo. Genera, además, una creciente sensación de rechazo en el lector. ¿Cómo puedes ser tan amoral, Julian? Y un interés tangencial al de la propia obra: ¿hasta qué punto es capaz de llegar el autor con tal de salirse con su objetivo, importante para él, irrelevante para el curso de la historia y la humanidad, de publicar su libro?

Si esa, grande o pequeña, traición (ambos amigos están muertos y no podrán alegar nada), hubiera servido para ofrecernos una obra fundamental sobre las relaciones humanas y sus inextricables misterios, haríamos la vista con gorda con ese recurso poco elegante del señor Barnes. Por desgracia, no es el caso, y Despedidas se lee como un libro de trámite que apenas nos mueve a coger el lápiz de subrayar, con reflexiones de vuelo corto. Como cuando Barnes trata de elevar un poco las miras, y escapando por un momento de su pragmatismo británico, dice, a propósito de algo que le genera sorpresa: «Es el universo haciendo sus cosas».

 

Despedidas, Julian Barnes, Anagrama, enero de 2026, 216 páginas, 19,90 euros.


EL AUTOR

 

Foto Berta Delgado. YANMAG

EDUARDO LAPORTE. Escritor y periodista cultural. Nacido en Pamplona en 1979, reside en Madrid desde 2005. Ha publicado libros como Luz de noviembre, por la tarde, o La tabla, en Demipage, así como un diario íntimo en la editorial Pamiela y su particular visión sobre Baroja en Ipso Ediciones.

En 2021, publicó otra entrega de su Diario a ninguna parte en la editorial papeles mínimos bajo el título de Tiempo ordinario y la primera biografía en español sobre Battiato (tras la de Margaretto de 1990) en el sello Sílex: En presencia de Battiato. En 2024, ha reunido su visión sobre su tierra natal en Navarra-Madrid, también en Sílex.

En enero de 2025 publicó, en Sr. Scott, La vida suspendida, la historia de un duelo minúsculo.