El pasado lunes 23 de febrero comenzó la tercera edición del ciclo ‘Escribir y sus circunstancias’, organizado por ACE, con patrocinio de CEDRO, con el siguiente reclamo: «Vivir de la poesía». Moderados por Carolina Alba, directora de La estación azul, participaron tres poetas y conocedores de las voces actuales: Pedro Luis Casanova, Yolanda Castaño y Martín Rodríguez Gaona.
© REDACCIÓN ACE
La sesión, celebrada esta vez en una de las salas de la Fundación Ortega-Marañón (Chamberí, Madrid), contó con poetas venidos de Huelva, como Pedro Luis Casanova (aunque es de origen jiennense), de Galicia, como Yolanda Castaño, y de Madrid, como es el caso de Martín Rodríguez-Gaona, español de origen peruano que desde fines de los noventa vive en la capital de España. Todos dispuestos a hablar también de lo humano, ya que lo divino alimenta el alma pero no tanto los bolsillos.
Así lo recordó la moderadora, Carolina Alba, al señalar que «la poesía tiene prestigio, aura, pero eso no siempre se traduce en ventas que saquen de la precariedad». ¿Cómo compaginar entonces la vocación poética con otros oficios que permitan mantener la capacidad creadora?
Para muchos autores, como apuntó Martín Rodríguez-Gaona, la docencia se convierte en una vía de subsistencia natural. No fue su caso, ya que la dificultad para convalidar títulos de Humanidades marcó desde el principio su trayectoria. Esa experiencia de complicada inserción cultural le llevó a interesarse por analizar lo que denomina la “ciudad letrada” española, comentó el autor de poemarios como Parque infantil (Pre-Textos, 2005).
Castaño insistió en la necesidad una negativa colectiva ante prácticas abusivas.
A su juicio, el sistema literario español —muy condicionado por lo corporativo y la política partidaria— privilegia a aquellos autores capaces de erigirse en figuras públicas, con presencia mediática, conferencias y recitales. Más allá del valor estrictamente creativo, muchos poetas quedan relegados si no encajan en ese perfil visible y performativo. “Si no tienen esos tonos y rasgos de personalidad y presencia, están abocados a quedar marginados”, sostuvo Martínez-Gaona, cuya reveladora obra Contra los influencers fue reseñada en esta revista.
La edad es otro factor determinante. Existe apoyo institucional y editorial hasta los 35 años, pero después, afirma, se abre un vacío. “Hay muchos que tienen apoyo entonces y luego quedan en el olvido total”. En términos estrictamente comerciales, las cifras son elocuentes: entre 0 y 300 ejemplares vendidos en muchos casos. No citó a Manuel Vilas, pero su comentario sobre que esas cifras pertenecen a «escritores fracasados» tuvo algo de elefante en la habitación. Así, este sistema alienta la existencia de «parias dentro del sistema», concluyó Martínez-Gaona, y puso el ejemplo de Aníbal Núñez, autor de indudable talento pero que tenía que autoeditarse para divulgar su obra.

De izq a dcha: Pedro Luis Casanova, Yolanda Castaño, Martín Rodríguez-Gaona y Carolina Alba, que moderó el debate
La poesía más allá del sillón de orejas
La poeta Yolanda Castaño, premio Nacional de Poesía 2023 y autora de poemarios como el celebrado Materia, Yolanda Castaño apoyó el argumento de Rodríguez-Gaona: «Yo lucharía en esta vida para que pueda salir adelante un poeta o poeta que solo escriba muy bien. Que luego quizá no sea extrovertido ni mediático… Si el sistema decidiera premiar y aupar a los pelirrojos, deberíamos señalarlo (sin culpar a los pelirrojos)».
Pero, por su parte, mostró una imagen más llena que vacía de la botella poética y lanzó la idea, esperanzadora, de que «los sueños son para quien los trabaja».
«De joven tenía el mantra de que «no se puede vivir de la poesía»: lo asumí y lo deglutí sin saber que la vida a veces es impredecible. Hoy puedo vivir de la poesía; llevo 32 años de carrera y, a partir de cierto momento, empecé a sostenerme con ella. No tiene que ver con las ventas de los libros, sino con otros ingresos», consideró. Así, Castaño lanzó la comparación del oficio de poeta con el otras profesiones artísticas, como la de los músicos: «¿Cuántos viven de la venta de discos? Muchos viven de los directos», señaló.
“Al capitalismo hay que hablarle en su idioma”, señaló Casanova.
Y recordó que la poesía, antes de ser distribuidas en libros, y leída en la soledad de la habitación o el salón propios con butacón de orejas, se cantaba, se declamaba. Y esto es algo que Castaño sabe bien, ya que desde 2009 dirige proyectos como Poetas Di(n)versos (La Coruña), el Festival Pontepoética (Pontevedra), desarrolla además talleres, recitales y trabajos de videopoesía, y participa habitualmente en festivales internacionales.
«Esos recitales, a distintos niveles —local, nacional, internacional—, permiten profesionalizar», señaló. También el hecho de «combinar distintas manifestaciones poéticas, literarias, participar como jurado en certámenes, ofrecer charlas sobre tu propia obra…» puede ser fundamental para obtener una dignidad profesional con la poesía.
El doble oficio
Pedro Luis Casanova se presentó como «poeta de Jaén», ciudad en la que se crio como artista, y de la que bebió de sus referentes (como el poeta Guillermo Fernández Rojano) y recordó cómo crecieron con una cita, de José Nieto (inmortalizada en su prólogo del Pon pan para pájaros del citado Fdez. Rojano): la mayor utilidad de la poesía era su perfecta inutilidad.
Una frase hermosa, pero también condena al poeta al escenario que plantea Casanova: «Te ofrecen ser profesor a 300 km de tu tierra. No tienes un oficio, siempre tienes dos: profe de Secundaria y tratar de enseñar a una juventud cada vez más —así lo pienso— atraída por el placer inmediato y la dictadura de las tecnologías… El conocimiento de la poesía y la cultura es la única herramienta para crear libertad».
Para Pedro Luis Casanova, autor de libros como Azar ileso (2024) eso genera un estado de constante excitación, por no decir inquietud, o, siendo pessoanos, desasosiego. Por otro lado, Casanova aportó una experiencia reveladora: una lectura en una cárcel sin remuneración económica que, sin embargo, fue una de las más intensas de su trayectoria. Un recluso llorando ante los poemas justificaba la presencia. Pero esa excepción no puede convertirse en norma. “Al capitalismo hay que hablarle en su idioma”, señaló, consciente de que la sostenibilidad del trabajo creativo exige reconocer su valor económico.
Soluciones y propuestas
Yolanda Castaño insistió en la necesidad de conciencia gremial y de una negativa colectiva ante prácticas abusivas. Recordó el cálculo de una narradora gallega que, tras aceptar múltiples invitaciones gratuitas a clubes de lectura, descubrió que perdía alrededor de 420 euros al mes en desplazamientos y conciliación. La colaboración ocasional puede asumirse; la sistemática vacía de recursos y de tiempo. “El techo del edificio de nuestra creatividad se construye con tiempo y recursos”, afirmó. Sin ellos, la obra se resiente.
El apoyo institucional y editorial dura hasta los 35 años, denunció Rdez-Gaona.
El debate se amplió al papel de las administraciones. Si la poesía no puede depender exclusivamente del mercado, ¿cómo deben intervenir las instituciones? Para Casanova, la clave está en fomentar la lectura con políticas eficaces, no en reducir la cultura a un entretenimiento marginal. En muchas provincias —apuntó— sigue percibiéndose como un hobby.
Castaño llegó a plantear la posibilidad de un sindicato de poetas. Sin apoyo público, advirtió, el espacio cultural tendería a estrecharse hasta quedar reducido al «fútbol, los reality shows y las orquestas». La poesía, como la danza contemporánea o el teatro independiente, forma parte de la identidad colectiva y necesita estructuras que la sostengan.
Entre la vocación y la retribución, la primera sesión del tercer ciclo ‘Escribir y sus circunstancias’ dejó una conclusión aceptada por todos: la poesía no puede vivir solo de aura, y para ganarse la vida con ella, en actividades relacionadas con ella, necesita condiciones materiales para sobrevivir, lo mismo que sus creadores. Entonces, esto dejará ser una quimera para convertirse en posibilidad real.




