En La vibración del mundo, Ramiro Gairín convierte la paternidad y el regreso al campo en un gesto fundacional. El cuidado, la naturaleza y el tiempo se entrelazan en una poética sobria que explora, desde lo cotidiano, una nueva forma de estar en el mundo.
© JESÚS CÁRDENAS
La elección del entorno rural como espacio vital, más aún cuando coincide con el advenimiento de la paternidad, constituye en La vibración del mundo un gesto inaugural, casi ontológico. Ramiro Gairín (Zaragoza, 1980) sitúa ahí el origen de una mirada renovada, una sensibilidad que se reordena desde la experiencia del cuidado y desde una relación más directa con los ritmos de la naturaleza. El traslado al campo es, en este sentido, un acto fundacional: se reescribe el modo de estar en el mundo. Publicado en 2025 por la colección Aerea carménère de RIL Editores, este decimotercer poemario confirma la madurez de una voz que ha sabido integrar biografía y reflexión sin caer en el ensimismamiento.
El libro llega después de Carreteras que brillan en el bosque, reconocido con el Premio de Poesía Ciudad de Salamanca y celebrado por la crítica, y se inscribe en una trayectoria sólida y coherente que incluye títulos como Que caiga el favorito, Por merecer el día, Lar, Aguanieve, Llegar aquí o Tiempo de frutos. En todos ellos late una misma preocupación: comprender la experiencia humana desde lo cotidiano, atendiendo a los gestos mínimos donde se cifra, paradójicamente, lo esencial. El poeta maño escribe desde una atención paciente al mundo, como quien afina el oído para captar una vibración subterránea.

Publica RIL Editores
Esa vibración es también la de una tradición asumida con naturalidad. En las «Notas y deudas», el poeta reconoce la influencia de Antonio Carvajal, Joan Margarit, José Hierro o Martín López-Vega. Lejos de ser un gesto retórico, esta declaración sitúa su obra en un linaje donde la claridad expresiva convive con la hondura emocional. Gairín incorpora, filtra y transforma la herencia en una dicción propia, sobria y precisa, evitando el énfasis innecesario.
La vibración del mundo se articula en cinco secciones «Sala de espera», «Puerperio», «Familia», «El río del futuro» y «El mundo terminado»- que funcionan como estaciones de un mismo proceso vital. Predominan los poemas breves, de intensidad concentrada, como si cada composición quisiera capturar un instante irrepetible antes de que se disuelva. Los núcleos emocionales del libro se sitúan especialmente en «Familia» y «El río del futuro», espacios donde el yo poético escribe para el hijo, pero también desde él, ensayando una ética del cuidado y de la transmisión.
En «Sala de espera», la voz se instala en el umbral. El poema «Registro» celebra la llegada del hijo como una confirmación de la existencia misma: un «tú» que recoge las migas del camino, metáfora de un destino que se va construyendo paso a paso. El verbo «vivirás» adquiere aquí un peso casi filosófico: constituye una afirmación ontológica que desplaza el viejo cogito hacia una certeza encarnada en otro cuerpo. La trascendencia se formula sin grandilocuencia, anclada en la continuidad de la vida y del lenguaje.
La sección «Puerperio» introduce una tonalidad más cruda. La paternidad se revela como aprendizaje del miedo, como bien resume el verso aforístico de «Ecografía»: «Ser padres es aprenderse también / la escala del terror». Gairín desmonta cualquier idealización y muestra la otra cara del amor absoluto: la vulnerabilidad extrema. En poemas como «La tarea», donde «Sujetar la cabeza del bebé, / he ahí la tarea decisiva», lo anecdótico se eleva a categoría simbólica. El cuidado físico es también una forma de sostener el sentido, de afirmar una continuidad que va más allá de la propia existencia: «Y también el lugar donde quizá / nos sigamos cumpliendo / cuando ya no seamos. / Nuestro punto de encuentro en el futuro». La evocación cultural de «Más allá de Orión», con su resonancia a Blade Runner y a la música generacional de Los Piratas, subraya la fragilidad de la memoria sensorial: todo lo vivido es bello y, a la vez, irremediablemente transitorio.
El poeta maño afina el oído para captar una vibración subterránea.
«Familia», tercera sección, ahonda en la experiencia compartida y no esquiva el desgaste. El poema «Mamá» ofrece una de las imágenes más honestas del libro al mostrar el agotamiento materno sin filtros ni concesiones: «Te he visto vomitar por el cansancio, / la cabeza te duele muchos días / y a veces la mirada se te vuela de los ojos igual que en el poema / que te escribí en las horas más oscuras». La belleza surge aquí de la aceptación de la imperfección, de la resistencia cotidiana. En «Fiebre y creación», la enfermedad del hijo se convierte en metáfora de crecimiento: «El precio es no poder estar más vivos: / nosotros, al cuidarte; / tú, porque te construyes». La vida se edifica en ese proceso febril, incómodo y necesario.
Otros poemas de esta sección adoptan un tono casi didáctico, sin perder musicalidad. El deseo de transmitir pocas cosas, pero esenciales -«sentir la alegría / de ver vivir a un animal minúsculo, / a conocer por su rumor los árboles, / a comprender a tiempo lo sencillo»- define una ética de la sencillez que atraviesa todo el libro. Se trata de afinar la percepción, de aprender a mirar sin prisa.
«El río del futuro», cuarta sección y uno de los núcleos más logrados del poemario, intensifica la reflexión sobre el tiempo y la creación. En «De natura deorum» se formula una poética del sacrificio: «Cuando el poema acierta, / cuando sé que he encontrado las palabras / que venía a buscar, sé también que algo malo / va a suceder a cambio. // Y sucede en el cuerpo de mi hijo». El hallazgo verbal aparece así ligado a una inquietante compensación, como si toda plenitud estética exigiera un precio vital.

Gairín es zaragozano de nacimiento, ingeniero de montes y vive en un pueblo del Pirineo con su mujer e hijo
El poema homónimo incide en la potencia generadora del hijo y en la necesidad de reaprender la mirada: «A veces, incluso, / aquello que se deja de ver cuando / nos hacemos mayores / e intentamos ponerle nombre». La infancia restituye lo perdido, devuelve al mundo su condición de misterio. De ese aprendizaje surgen también las sentencias vitales de «Víspera de San Juan»: «Que para ser gigante / hay que vivir oculto / en medio de otros árboles», o la celebración del tiempo orgánico en «El día logrado»: «Es la hora de hacer recuento: / enseñar a los niños que se mide / el tiempo por la miel, / que mañana madrugan las abejas». En «Río de aguas limpias», uno de los poemas más elaborados desde el punto de vista rítmico y retórico, el hijo se convierte en síntesis corporal de la pérdida y la continuidad: «Hay, además, los pies del hijo, / hechos de carne hecha / de aquello que sus padres han perdido».
Gairín escribe desde la paternidad rural sin idealizarla.
La sección final, «El mundo terminado», plantea una paradoja fecunda: el nacimiento clausura un mundo y, al mismo tiempo, inaugura la esperanza. La conciencia de la crisis —ecológica, histórica, moral— convive con la promesa del cuidado. En «Insectos gigantes», el compromiso se formula con una ternura firme: «Te prometo que vamos / a intentar lo posible / para tener el mundo terminado / cuando lo necesites».
En conjunto, La vibración del mundo es un libro de una honestidad poco frecuente. Gairín escribe desde la paternidad rural sin idealizarla, explorando tanto su fragilidad como su potencia transformadora. La conexión con la naturaleza es ética; la intimidad, apertura hacia el otro. En esta poética del cuidado, de la herencia y del límite, el poeta asume el camino recorrido y el que vendrá, consciente de que la verdadera trascendencia se juega en esos gestos mínimos donde el mundo, todavía, sigue vibrando.
La vibración del mundo, Ramiro Gairín, RIL editores, 2025, 56 páginas, 14 euros.
EL AUTOR
JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.
Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.
Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.



