Álvaro Pompo: «Mi yo biográfico carece de sustancía; por eso desarrollé el yo narrativo»

El pasado lunes 16 de febrero, el escritor y Premio Cervantes Álvaro Pombo, en compañía del también escritor e historiador Mario Crespo, se acercaron hasta la librería Rafael Alberti del madrileño barrio de Argüelles para hablar de los Cuentos autobiográficos que el escritor santanderino acaba de publicar en Anagrama.
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Si bien Álvaro Pombo reconoció que su yo biográfico carecía de sustancia, y por eso había desarrollado más el yo narrativo, Mario Crespo anunció, nada más empezar el acto, que pronto se publicará la biografía que él mismo ha llevado a cabo sobre el autor de Contra natura.

Crespo agradeció el hecho de que Pombo haya guardado durante su vida mucho material con el que confeccionar este libro biográfico. Así, hay documentos sobre su paso por la universidad con el profesor Aranguren, cuando estuvo en Londres, trabajando de cleaner, y luego en el Banco Urquijo y de muchas más etapas vitales. «Ha aportado un material extraordinario que, como biógrafo, no puedo sino agradecer», reconoció Crespo, también de origen cántabro.

Crespo y Pombo, en la Alberti

Pombo, que vive muy cerca de la librería Rafael Alberti, apareció en la silla de ruedas con la que convive actualmente y con sus característicos mitones, que se quitó antes de empezar su conversación.

Respecto al libro que se presentaba, Cuentos autobiográficos (Anagrama), Pombo quiso dejar claro lo siguiente: «No cuento mi vida; lo que cuento son las circunstancias de mi vida y, sobre todo, las personas que han formado parte de ella».

Ahora mismo reconoció que vive prácticamente encerrado en casa y que su única rutina es ir los jueves a la Academia. La silla de ruedas, además, se ha convertido en una excusa para no salir.

Respecto al título del libro de relatos, tan sencillo como directo (y que recuerda a los Relatos autobiográficos de Bernhard), Pombo señaló que es una sugerencia de José Antonio Marina. «Desde luego, son autobiográficos, aunque quizá no lo parezcan mucho. Muchos de ellos no son en primera persona, lo que puede llevar a algunos lectores a cierta confusión», dijo ante una audiencia concurrida, ubicada en la planta principal de la Alberti, para facilitar la movilidad del escritor y académico.

Por ejemplo, el relato «Los señores» se refiere a sus padres y a él mismo, pero claro, no es el relato de toda una vida, quiso dejar claro, sino lo que simbolizaban esos tres personajes. De modo jocoso, Pombo reveló que hay una errata nada más empezar el libro y esto lo liga con el yo autobiográfico, porque la vida es un poco un error. Un relato que empieza de este modo:

Éramos nosotros tres. Los señores, mis padres y yo mismo, que ingresé, muy joven, en la confabulación rutilante de ser el señorito Álvaro. Lo rutilante venía, por supuesto, del cielo. De la tierra santanderina veníamos nosotros. Quizá he ido olvidándolo casi todo. Quizá todo. Lo lamento. Pero no he olvidado la majestad de los majestuosos cielos montañeses y castellanos.

Infancia al aire libre

En algunos relatos cuenta con detalle esos espacios de la infancia en el agro; como el tiempo en la finca La Dehesilla, un terreno pedregoso, en el que no había ni pájaros, pero del que hace un «correlato objetivo». Como si describiendo lo que ve, y haciéndolo desde su mirada, desde su subjetividad, se desplegara también el yo autobiográfico; es el modus operandi, por ejemplo, de Annie Ernaux en libros como Diario del afuera. Describiendo el entorno, los centros comerciales, las ciudades-nuevas, la Nobel francesa se describe también a sí misma. La mera selección de imágenes o, en el caso de Pombo, recuerdos, detalles, visiones, es ya un trabajo autobiográfico.

Pombo convierte en literatura situaciones propias de esa vida al aire libre, como le gustaba a Delibes, con algún susto que otro, como tomar leche de oveja en vez de vaca y pasar un mes con colitis. O aquellas sopas de pan, en grandes tazones, que eran una comida deliciosa.

El libro también trata de su paso por los escolapios, «que eran más de Falange», en Santander, y luego de los jesuitas en Valladolid: «un ambiente muy nacionalcatólico». También habla de la amistad que tuvo con el filósofo José María Cagigal, «que era un hombre muy perceptivo». Tiene un cuento dedicado a él y el siguiente volumen de cuentos, porque habrá continuación, también va dedicado a él.

Mario Crespo señaló que Pombo trabaja con maestría el recuerdo y consigue hacer literatura con esa materia prima. Así, se recrea una vida entregada al trabajo como imperativo categórico, que diría Wittgenstein, de la que se desprendía «un misticismo, como una cosa ascética», comentó el Premio Cervantes. Recordó que en aquella finca de La Dehesilla, en Cantabria, llegaron a construir más de treinta pozos, cuyo acceso no era sencillo. «No siempre se podía bajar en la garrucha, y lo curioso es que abajo algunos tenían incluso una playa así como verdosa y lóbrega», recordó Pombo.

Paradójicamente, una frase que solía escuchar: «En Santander se hacen las cosas solas», a diferencia de Castilla, donde hay que trabajarlas, donde hay más extensión, donde hay más pereza. «En Cantabria había un paisaje laboral».

La librera Lola Larumbe introdujo el acto; esta vez, en la planta principal

Distintas latitudes

Pero como recordó Crespo, los textos de Cuentos autobiográficos van  más allá del paisaje cántabro, para llegar a latitudes tan dispares como Melilla, donde Pombo hizo el servicio militar, evocado en el relato «La cartilla militar», y la etapa de Londres. Allí un joven Pombo trabajó primero como cleaner, es decir, limpiando habitaciones, como uno de tantos españoles entonces, y más tarde en una oficina del Banco Urquijo, pero no como empleado de banca sino como telefonista.

«Era divertido: la gente venía a verme como si yo fuera un ornitorrinco; me invitaban a sus casas, se divertían conmigo», recuerda Pombo, que entre sus defectos, dice, nunca estuvo la timidez. «Lo pasé muy bien. Londres, a diferencia de París, me gustaba porque era muy desordenado y caótico. Sigo teniendo costumbres como el té y los huevos en el desayuno. Eso sí, lo viví de modo muy solitario y muy andarín, porque me lo recorría de punta a punta».

Pombo, con energía a pesar del peso del años (cumplirá 87 en junio) y un deterioro que le hace moverse en silla de ruedas, mantuvo la ironía y el tono vital en toda la charla. Porque si algo ha caracterizado una vida que, según él, no siempre ha sido coherencia, ha sido el tesón. «He escrito siempre con tenacidad; es lo único que he sabido hacer bien», concluyó.

 

Cuentos autobiográficos

Álvaro Pombo

Anagrama, noviembre de 2025

192 páginas

18,90 euros