El aleteo de la impermanencia: la poesía contemplativa de Florencio Luque

Florencio Luque Alfonso entrelaza pensamiento y poesía en A solas con la luna, un poemario de madurez marcado por el zen de Dôgen. Contemplación, silencio y naturaleza articulan una obra depurada y cargada de conocimiento sereno.
© JESÚS CÁRDENAS

Florencio Luque Alfonso, maestro de filosofía nacido en Marchena en 1955, ha tejido a lo largo de su trayectoria un delicado tapiz donde el pensamiento y la poesía se entrelazan. Sus aforismos, recogidos en títulos como El gato y la madeja, Caja de cromos, Melismínimas y Acerico, ya anticipaban esta vocación. Sin embargo, es en la madurez de su obra poética, con títulos como Lo que el tiempo nombra, Ai(m)ée y, finalmente, A solas con la luna, donde esa simbiosis alcanza su expresión más plena y conmovedora.

A solas con la luna, subtitulado «Las sendas de Dôgen», se presenta arropado por un prólogo del poeta y profesor Manuel Ángel Vázquez Medel, una llave maestra que desvela algunas de las claves de lectura, aunque sin pretender agotar la riqueza interpretativa del poemario. Vázquez Medel destaca la resonancia del pensamiento zen de Dôgen en los versos de Luque: «Su capacidad de observación y la importancia de las cosas sencillas de la vida cotidiana, la impermanencia de todo, la no dualidad, la vida en el momento presente. Dôgen permite a Florencio Luque expresar su conexión íntima con la naturaleza y sus seres elementales». El prólogo, en definitiva, invita a una inmersión en la contemplación serena que impregna la obra.

Edita Averso

Dentro del entramado textual, resuena un eco de la poética del silencio y la metafísica, evocando nombres como Valente y Ada Salas. No obstante, la cita inicial de Dôgen, «No preguntas hacia dónde me dirijo / ya que viajo por este mundo ilimitado donde / cada paso que doy es mi hogar», se erige como un faro que ilumina el sendero del lector. En estos versos germina la idea del instante fugaz, del carpe diem del caminante, que conecta con la reflexión machadiana del «se hace camino al andar» y con la figura del homo viator tan presente en la poesía del 27.

En el universo poético de Luque, todo fluye y se conecta, difuminando las fronteras entre el yo y el entorno. El libro se abre con un poema que actúa como umbral, «Bienaventurados», una recreación del pensamiento oriental. La sombra de Eihei Dôgen, maestro budista de Kioto, planea sobre el poema, celebrando la meditación sentada. A la vez, se perciben ecos del «Beatus Ille» horaciano y las resonancias de fray Luis de León: la felicidad reside en la aceptación del instante natural, en la ausencia de ambición, en la capacidad de recrearse en los recuerdos y de reconocerse en la insignificancia reveladora de la naturaleza.

El poemario se despliega a continuación en tres secciones imbricadas, un viaje desde la liberación hasta la comunión con lo natural, una vez asumida nuestra finitud. Los cuarenta y ocho poemas se distribuyen con un peso central en la tercera sección: «Recuerdos del monte Hiei», «Ir a pie» y «Detenerse y abrir las alas». Cada una de estas partes constituye un peldaño en la escalera que asciende hacia la comprensión profunda de la existencia.

El epílogo, titulado «Inscripción», consta de cuatro alejandrinos blancos esticomíticos. En él, Dôgen se desliga del sujeto poético para adoptar una tercera persona gramatical en pasado. Se resumen así las claves del maestro zen: ausencia de vanidades y codicias, amor a la sencillez, capacidad de escuchar el canto discreto en el entorno natural y el silencio revelador de las respuestas. En definitiva, un arraigo profundo en la existencia y la habilidad de disipar las falsas sombras proyectadas por dogmas y doctrinas: «Amparado en la vida, desdibujó las sombras». Este final, como un poso de sabiduría, invita a la reflexión y al silencio contemplativo.

La poesía de Luque, como un jardín zen, nos ofrece un remanso de paz.

Aunque el título sugiera una forma poética japonesa como el haiku o el tanka, el poemario despliega una rica variedad rítmica, alternando metros cortos y largos. Luque demuestra una notable maestría técnica al combinar versos de ritmo parisílabo e imparisílabo, siendo este último el predominante. Si bien el verso libre es la forma dominante, se incluyen cuatro composiciones con rima asonante, que añaden un toque de musicalidad. Las recurrencias fónicas, las repeticiones léxicas, las anáforas y los paralelismos contribuyen a la fluidez del verso. La brevedad y la honda sencillez expresiva son características distintivas de cada composición.

La perspectiva narrativa se centra en la primera persona, aunque en ocasiones se diluye, casi desapareciendo, ante la inmensidad del asombro por lo contemplado, como en «El lenguaje de las cosas», «Espigas», «Mirlo», «La rosa es un porqué», «Las cosas invisibles», «Valle» y «Silencio y canto». En estos momentos de éxtasis poético, el yo se desvanece para fundirse con el todo, en una experiencia de comunión panteísta.

El uso de la segunda persona, especialmente en los poemas de la primera parte, como en «Amigo Myozen», establece una conexión íntima con el lector. Esta sección, la más emotiva, aborda el tema de la muerte de la madre con una delicadeza conmovedora. La voz poética se dirige a un interlocutor cercano, compartiendo el dolor y la memoria.

Destaca en la primera sección la composición «Funeral de Matsudono Ichi», cuatro estrofas de endecasílabos blancos que parten de la anécdota contemplada, «mientras incineraban a mi madre». El poema retrocede en el tiempo, «Cuando apenas contaba cuatro años, / me mostró los acordes del poema», en la enumeración de tres elementos naturales, para avanzar «Dije tu nombre, madre, lentamente» y culminar en una imagen visual y eufónica de extraordinaria belleza: «Tu soledad fue alondra y flor de brezo». Este verso final, pleno de simbolismo, encapsula la transformación del dolor en belleza, de la ausencia en presencia poética.

En la segunda sección, resalta la capacidad de Florencio Luque para sintetizar ideas en los finales de los poemas. En la composición en octosílabos «El lenguaje de las cosas», se cierra con los versos: «Todo está escrito en la arena, / todo lo deshace el viento, / todo reposa en su enigma». Por su parte, la práctica de alejandrinos en «Todo llega o retorna» culmina con: «todo llega o retorno: todo es viejo y distinto. / Todo abraza ceniza y se consume en fuego». Estas sentencias, concisas y profundas, invitan a la meditación sobre la naturaleza efímera de la existencia.

A solas con la luna despliega imágenes que invitan a la reflexión profunda.

Las coordenadas espaciales de la naturaleza están presentes tanto en el inicio como en el final de los poemas, como se observa en «Donde la luz penetra»: «Pero todo alberga un hueco / por donde la luz penetra / para alumbrar el camino». La naturaleza, en definitiva, se convierte en guía y fuente de iluminación.

«Detenerse y abrir las alas» representa el encuentro asombroso con la naturaleza. El sujeto poético reconoce su ignorancia ante la sabiduría inabarcable de los elementos naturales. La contemplación encierra un conocimiento intrínseco, como se refleja en el poema «Piedra», o evoca el paraíso perdido de la niñez en «Lluvia». En ambos casos, la naturaleza se revela como un espejo que refleja la esencia del ser. Como en la poética mística, el alma busca la unión con lo divino a través de la renuncia al yo y la inmersión en la naturaleza. En «Frágil porte», el encabalgamiento realza la idea de que «lo que el caminante ignora».

20 aforismos de Florencio Luque

Luque (Marchena, 1955) es poeta y también cultiva el aforismo

El poema captura un instante de finitud en el marco atemporal de la naturaleza: «quiero dejar aquí el recuerdo / de la brevedad de tu baile / en el verde escenario de los campos, / tan fugaz como el paso del hombre por la vida». En «Un rastro de lumbre», se repite la fórmula «Yo no sé […] Nada sé […] Ignoro […] Pero todo», conectándonos con la candidez y la nostalgia de la infancia, un retorno al conocimiento instintivo e inmaculado: «abre un luminoso dédalo / para quien sabe mirar / con la inocencia de un niño». Como en la mística religiosa, el sujeto anhela la comunión total, expresada en «Cerrar los párpados»: «ser alondra que vuela / por sendas luminosas». Este anhelo de trascendencia se manifiesta en el deseo de disolverse en la naturaleza, de convertirse en un elemento más del cosmos.

Antes del «Cierre», un «Ruego»: «Dejad que, sin prisa, camine, / sumido en asombro y silencio, / para echar el telón de esta liturgia». Esta petición final resume la actitud del poeta: un caminar sereno, imbuido de asombro y silencio, como preparación para el final del viaje. La poesía, en este contexto, se convierte en una liturgia personal, un ritual de conexión con lo sagrado.

En suma, Florencio Luque demuestra una notable habilidad técnica al plasmar sus contemplaciones desde una perspectiva singular. Ya sea en ritmo parisílabo o imparisílabo, A solas con la luna despliega imágenes visuales que invitan a la relectura y a la reflexión profunda. Es un poemario que susurra al oído, que invita a detenernos y a escuchar el silencio elocuente de la naturaleza, un diálogo íntimo con la luna que ilumina las sendas de nuestra propia existencia. La poesía de Luque, como un jardín zen, nos ofrece un remanso de paz y una invitación a la contemplación.

 

A solas con la luna, Florencio Luque, Averso, 2025, 96 páginas, 12 euros.


 

EL AUTOR

JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.

Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.