Miguel Ángel Serrano nos ofrece un poemario de madurez que no está contaminado del pesimismo que trae el agotar los días sino más bien lo contrario: una constatación de la vida a través de sus etapas, una celebración de que la sal del mar vuelve todos los veranos en buena compañía.
© JOSÉ ANTONIO SANTANO
Nos deja el poeta Antonio Colinas esta reflexión: «Uno de los dones de la poesía es el de abordar la verdad y la belleza por caminos que no son los que emplea la razón. Hasta tal punto que, con extremosidad, bien podemos decir que en poesía todo lo que no es extravía, sinrazón, dislate, no es palabra poética plena». Cierto que la búsqueda de la verdad y la belleza ha de tomarse como un viaje a lo desconocido donde la razón poco importa y sí la capacidad de imaginar mundos distintos o irreales. Partir de una realidad para construir otra tiene mucho que ver con el hecho poético, con la verdad que cada poeta busca para comprender mejor la existencia ajena y propia.
En esa búsqueda el poeta mira a su interior y responde a través de la palabra en un ir y venir intenso de un lugar a otro, y en un constante diálogo con la naturaleza, como es el caso del ensayista, novelista y poeta Miguel Ángel Serrano (Madrid, 1965), con su libro último La canción de Esther. Anteriormente, nos legó otros dos poemarios: Un presagio y Lobos del olvido, aunque también hubo novelas como Tango, Jardín de espinos y El hombre de bronce.
La canción de Esther es sin duda alguna un poemario de madurez, en el cual el yo poético trasluce, con suma intensidad, la vital experiencia de su autor, Miguel Ángel Serrano, dejándonos su luminosa palabra como garante de una poesía que trasciende el entorno, que vibra y nos hace vibrar de forma continua desde el primer poema, «Días de hormiga», hasta el último «Y cuartel de jilgueros».
Del primero tomo estos versos en los que se presencia una honda y atenta percepción que nos advierte de la necesidad de construir los cimientos del amor en un canto irrepetible y mediante el aquilatado son de la palabra, como si de una obra de orfebre se tratara: «Que lo último que bañe mis ojos / sea la brisa húmeda que de tu boca / asoma, y suene un himno y trinar, / tornado en olor de mar alzada. (…) Entre lo seminal y cierre, / en el arco del día, en nuestro carro, / síganse las fechas como notas / de lo que siempre resuena: / la canción de Esther, pues te he encontrado».
Serrano ha escrito un libro memorable, donde el dominio del lenguaje se hace patente en cada verso, en cada palabra, en esa búsqueda por vislumbrar el alma de las cosas.
Crea Serrano un universo poético singular, sólido y extraordinariamente luminoso, en el que el yo trasciende hasta convertirse en un tú que alberga la razón de la existencia y sin el cual poco o nada merece la pena: «En esa tela, que podría apenas delinear / mi torpe cerrazón, mi alunamiento, / no habría luz que no te reflejara / ni rumor del río que tu nombre no dijera. / Si pudiera yo elegir una vida, / a salvo del cierzo y la lluvia inclinada, / estarías al fondo de mi alma, / dintel de una dicha que al día llega». El poeta no es nadie sin el otro, y en ese cambio vital, desde la soledad y el silencio, desde la propia cotidianidad se produce un diálogo con la naturaleza y consigo mismo, anterior a todo.
La mirada introspectiva del poeta crece y alza el vuelo hacia lo mistérico y desconocido, profundiza en lo imaginario para entender el corazón del mundo, el tiempo que transcurre monótono, escurridizo y veloz como una gacela. Mirar hacia abajo para atisbar el firmamento en su plenitud, observar el horizonte en lo infinito y ser aire y pájaro en la brevedad de los días: «No era viajar contigo. / Era viajar hacia ti para ofrendarme. / Llevo un diario que ilustra / cómo la piel se seca con los días / y envejecemos juntos entre risas / y la mano tendida. / Es feroz el tiempo y cruel su mirada / pero no siempre nos ve: / hay mañanas en las que cruzamos / arroyos y se distrae entre pinos / y verderías».
El dominio del lenguaje de Serrano se hace patente en cada verso.
El territorio poético de Miguel Ángel Serrano es un vergel de imágenes y sonidos en la enramada del olvido y la espera; la luz colada por las rendijas de la memoria para ser única y destilada canción que como fruto se ofrece a los amantes y la noche arropa en su vientre, llamados a ser y vivir eternos en el tiempo: «Ven, que convoca la vida, que te observa / el asombro para darte instrucciones / muy precisas sobre cómo ser tú y ser conmigo, / en el arco infinito de mis brazos. / Lo espera el mundo, contenido».
La canción de Esther no es sino un homenaje a la vida, a la belleza que germina en cada objeto, en cada mirada, en cada silencio que nos habita y circunda. Serrano lo sabe bien y a vivir intensamente se dispone, como si fuera el primer día de su existencia, como si no existiera abismo alguno, solo una canción al dictado del viento y que repite sin cesar para que siempre regrese a celebrar la dicha: «Y yo estaré allí, entre altas olas, / cegado en el reflejo de tu mar tan puro, / bailando como pez joven / o viejo pez desmemoriado, / celebrando la vuelta de la sal, / del verano prometido…». Un libro, La canción de Esther y un poeta, Miguel Ángel Serrano, que vuelve a afianzarse como una voz genuina e ineludible en el panorama poético español.
La canción de Esther, Miguel Ángel Serrano, El sastre de Apollinaire (2025), 70 páginas, 13 euros.
EL AUTOR

JOSÉ ANTONIO SANTANO (Baena, Córdoba, 1957) cultiva la poesía, narrativa, ensayo y crítica literaria. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Almería, y autor de más de veinte libros, entre los que destacan Profecía de Otoño; Exilio en Caridemo; Suerte de alquimia o Tiempo gris de cosmos, todos ellos galardonados con prestigiosos premios.



