En Tránsitos. Nocturnos de los Balcanes, Jesús Zomeño nos ofrece una novela construida como viaje simbólico y narrativo. Dividida en cuatro partes, o «nocturnos ferroviarios», la obra explora identidad, percepción y los límites entre realidad y ficción.
© JUAN C. LOZANO FELICES
Jesús Zomeño pertenece al linaje del auténtico escritor de raza, que escribe por pura pasión. La literatura, la fabulación, es consustancial al ser humano. Zomeño posee un especial talento fabulador que hace de sus páginas una experiencia inmersiva que, a veces, conculca el encadenamiento lógico del relato, como si cruzáramos con Alicia al otro lado del espejo, donde los relojes van hacia atrás. Con una voz y un estilo personalísimos, quizás de una lejana filiación cortazariana, la escritura podría ser para Zomeño una forma de intentar descifrar un enigma, creando a su vez otro fascinante enigma para el lector.
Sin embargo, no busquen sus libros en los estantes de novedades de unos grandes almacenes o de las grandes cadenas de librerías cuyo nombre omitiré. Como dice Raúl Nieto en su artículo Imaginar en legítima defensa: una aproximación a Tránsitos, «Jesús Zomeño es uno de esos escritores que no nadan en la superficie, a la vista de cualquiera, en las listas de superventas o en las pagadas reseñas de los medios comerciales». Pareciera que a los grandes grupos editoriales solo interesen aquellos autores mediáticos que ya cuentan con miles de seguidores, sin tener en cuenta la literatura como hecho complejo y sustantivo, cosa que paradójicamente sí hacen editoriales modestas como la valenciana Contrabando. Jesús Zomeño es un escritor alejado de modas y banderías, que se sitúa fuera de coordenadas conocidas y merece, sin duda, situarse entre lo más interesante que se está cociendo en el panorama literario español.

Edita Contrabando
En principio, debo remitirme a lo dicho en la reseña que escribí hace dos años de Tránsito (Ed. Contrabando, 2023), que iba a ser la primera de cuatro novelas cortas, íntimamente conectadas entre sí, aunque a veces las conexiones sean invisibles, o no tan evidentes a primera vista. La publicación de las otras tres, de hecho ya entonces acabadas, se iría sucediendo en el tiempo. En aquella reseña que hoy deviene obsoleta decía yo: «Esta tetralogía daría para una supernovela de más de cuatrocientas páginas y que, intuyo, se podrá leer de atrás hacia adelante o de adelante hacia atrás. También un tren puede cambiar el sentido de su marcha en función de dónde se coloque la locomotora». Pues bien, en estos dos años el proyecto de cuatro novelas para ser publicadas separadamente ha mutado editorialmente dando prioridad a la supernovela, con el título de Tránsitos. Nocturnos de los Balcanes, estructurada en cuatro partes o nocturnos.
En el ínterin, la novela aparecida en 2023 también ha trocado aquí el título, llamándose Noche oscura del alma. A esta le siguen los restantes tres nocturnos: Extraños en un tren, El paraíso perdido y Mi nombre es Mary Shelley. En palabras del editor en alguna presentación, «tras lanzar de forma independiente la primera, se ha apostado por una edición conjunta de las cuatro novelas ya que así se potencian de forma solidaria, siendo la suma de las cuatro mayor que la suma de cada una por separado».
En aquella inicial reseña de Tránsito también decía yo que la tetralogía en que se incardinaba tenía su arranque en una guía de líneas ferroviarias y sus horarios. Cada uno de los nocturnos corresponde a uno de los cuatro trenes que tendríamos que coger si uno quisiera viajar de noche desde Sofía a Bucarest. Sean reales o ficticios, sea un innominado lugar de la Mancha, Macondo, el alcázar troyano, Ruritania o el París de la generación perdida, hay lugares en la literatura que trascienden el papel, que se estructuran como una geografía simbólica y toman el lugar del mito. Según cuenta Borges, cuando Dante Gabriel Rossetti leyó Cumbres borrascosas le escribió a un amigo: «La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses».
Los topónimos no importan, los símbolos sí. Es decir, en la novela que nos ocupa, las ciudades podrían ser otras, los trayectos podrían ser distintos, distintos los puntos de salida y llegada; y, sin embargo, el simbolismo subyacente en la novela no variaría. Dicho de otro modo, las coordenadas geográficas no importan, las emocionales y las sensitivas sí.
Nos hallamos ante una novela contenedora de historias.
El viaje que nos ofrece el autor en Tránsitos es real y es simbólico; el mismo autor nos habla de un viaje a través de la luz y la oscuridad. El primer tren atraviesa la puesta de sol, el segundo la noche, con el tercero llega el amanecer y en el cuarto, la plena luz del día. Sin embargo, el orden en que se nos presentan las cuatro partes no es este; ello forma parte de la estructura circular de la novela. En definitiva, hay dos formas de leer esta novela. En el orden en que el editor nos presenta el texto (se inicia con el segundo tren), justificado este en que «la mente de su protagonista presenta y deforma al resto de los personajes de los otros relatos», o siguiendo la secuencia ordenada del viaje. En definitiva, es indiferente dónde cojamos el tren, en una estación u otra: siempre haremos el trayecto completo.
Del mismo modo, aunque el viaje transcurra en una noche, el viajero-lector podrá bajarse en cualquiera de las estaciones, dedicarse a otros menesteres y volver a subir pasado un tiempo, sin que ello afecte a la continuidad porque, pese a las conexiones, cada una de sus partes goza también de autonomía. El mismo autor ha recomendado alguna vez la dosificación de la lectura, con un paréntesis entre cada una de las partes. Yo la he leído de forma continua; quizás lo mejor es que el lector se deje llevar por el instinto.
Nos hallamos ante una novela contenedora de historias, una novela de novelas, donde cada una de ellas se atomiza luego en cientos de historias e hilos argumentales suspendidos. Jesús Zomeño conecta sensiblemente estos hilos irradiados a lo largo de las partes, aunque el lector pueda quedarse con la duda de qué historias son reales y cuáles son pura invención de los personajes.
Zomeño, que no ha sido hasta ahora propenso a las citas y a las referencias metaliterarias, ofrece aquí unas cuantas inteligentemente integradas. Entre ellas tenemos a Stevenson, a Kafka, a san Juan de la Cruz, a Bram Stoker, a John Milton y a Frank Baum, el autor de El mago de Oz. Ello brinda una clave de lectura a tener en cuenta. Zomeño juega con la literatura dentro de la literatura. El primer nocturno comienza con la frase «El misterio consiste en averiguar dónde está el misterio». Este comienzo es más que una frase afortunada. Introduce, ya desde el inicio del libro, una atmósfera onírica. A lo largo de la novela, cada misterio sin resolver desemboca en otro misterio que modifica nuestra percepción de lo que está sucediendo. Las descripciones cotidianas en el tren se entrelazan con una inquietud constante. Si alguien observase desde el exterior lo que vería sería una escena sencilla y funcional, pero bajo esa superficie de normalidad se sugiere que están sucediendo cosas en segundo plano. En Zomeño, nada es lo que parece.
Zomeño es un escritor alejado de modas y banderías.
Zomeño emplea los detalles y pormenores como un tapiz que se expande en todas direcciones, para profundizar en cuestiones filosóficas y psicológicas sumamente complejas. Esta simbiosis entre lo ordinario y lo excepcional constituye una característica distintiva de su producción literaria. En Extraños en un tren, nos encontramos con el protagonista innominado de las dos novelas anteriores de Zomeño (El cielo de Kaunas y El 53 de Gilmore Place) y su encuentro con un vampiro tatuador. Se trata de un diálogo donde el único que habla es el presunto vampiro, una suerte de duelo psíquico en el que el protagonista trata de esquivar el pensamiento de su contrincante, que intenta vampirizarle infundiéndole aprensión y miedo. La estructura es casi simétrica o de efecto espejo entre ambos personajes.

Jesús Zomeño (Alcaraz, Albacete, 1964), en una inquietante foto reciente de Pepe Olivares
En el tercer nocturno, El paraíso perdido, nos encontramos también con dos personajes singulares, dos espías del antiguo servicio secreto comunista que viajan juntos para visitar la tumba de un antiguo camarada muerto. Durante el trayecto tiene lugar un diálogo donde van recordando antiguas misiones que les encomendaron, algunas bastante chuscas, dejando entrever una visión del mundo comunista, mezcla de utilitarismo, orden y nostalgia. Este nocturno termina con un epílogo, dividido en los siete días de la semana, que acaba con un giro sorprendente.
El cuarto y último nocturno es un monólogo a cargo de una estudiante de filosofía que acaba trabajando como tanatoesteticien, es decir, maquillando a los difuntos para prepararlos y dejarlos en el estado más natural posible, antes de ser expuestos tras la mampara de cristal. Ella misma se define como una suerte de Mary Shelley, creando belleza desde la materia inerte. Se ha hecho novio por Internet y el objeto de su viaje a Bucarest es conocerlo personalmente. La mujer habla de forma incontinente, enlazando apresuradamente un pensamiento con otro, mientras su compañero de compartimento guarda silencio y solo escucha. Esta parte tiene también un epílogo donde tiene lugar el giro asombroso con que se cierra la historia y el libro.
Zomeño es un creador de climas, atmósferas y emociones.
Dijo Stevenson que el estilo es el fundamento del arte de escribir. El mayor logro de Zomeño puede ser estilístico. Un párrafo suyo es plenamente identificable; incluso diría que una frase también. Hay rasgos estilísticos distintivos en la obra de Jesús Zomeño desde sus libros de relatos. Uno de ellos es la economía de medios, la concisión verbal, frases cortas, afiladas, y saber elegir la palabra exacta. En sus primeros años como creador, Jesús Zomeño alternó su faceta nada desdeñable como poeta con la de narrador en el ámbito del cuento. Su composición narrativa, yo diría, es deudora de su cosmovisión poética.
En lugar de recurrir a descripciones elaboradas, es un creador de climas, atmósferas y emociones. Sus temas tampoco han variado a lo largo del tiempo: la otredad, la naturaleza misma de la realidad y su fragilidad, la paranoia, los problemas de conciencia, las obsesiones y las compulsiones. Para reflexionar sobre estos temas e ideas, Jesús Zomeño recurre a la frase aforística, integrada de forma natural en el discurso narrativo.
Vista la trama (en el primer tren, una persona absorta en sus pensamientos y en los restantes, dos personas en un compartimento de tren), podría a priori entenderse la novela como una sucesión de tableaux vivants. No es así: la maestría de Zomeño hace de una situación que podría pensarse estática y con poco recorrido una narración fluida que atrapa la atención del lector en una sugestiva red de percepciones, sensaciones y sacudidas que da una vuelta de tuerca al concepto lineal de novela. He dicho otras veces, utilizando un símil cinematográfico, que Jesús Zomeño es un escritor que utiliza el zoom o el travelling de forma absolutamente lúcida; es decir, lleva la eficacia narrativa de los movimientos de la cámara a su literatura. Si fuera un realizador, Jesús no sería Visconti con su estética decadente ni John Ford descubriendo grandes espacios. Probablemente sería el Hitchcock de La ventana indiscreta o tal vez Orson Welles, un ilusionista del cine con sus ángulos oscuros y sus contrapicados.
Para terminar, yo les diría que sumergirse en Tránsitos. Nocturnos de los Balcanes de Jesús Zomeño es establecer un vínculo con la auténtica literatura, aquella que nos da algo más, pero que también exige del lector un compromiso emocional e intelectual. No les quepa duda de que la experiencia habrá valido la pena.
Tránsitos. Nocturnos de los Balcanes, Jesús Zomeño, Contrabando, 2025, 434 páginas, 20 euros.
EL AUTOR

JUAN CARLOS LOZANO FELICES (Elche,1963). Su obra poética se compone de cuatro poemarios: Soliloquio del auriga, El nadador del crepúsculo, Naturalmente, amarte y Memoria de lo infinito. Su último libro es Proyecto Mosaicum, una recopilación de artículos de temática musical. Colabora de forma regular con artículos y reseñas literarias en diversos medios. Trabaja como funcionario del Cuerpo de Gestión al servicio de la Conselleria de Justicia de la Generalitat Valenciana.



