El último propósito poético de Pedro Alcarria: desmitificar ciudades

Pedro Alcarria (Barcelona, 1975) publica París Berlín Roma, un poemario que retrata la ciudad moderna como un espacio deshumanizado y alienante. Con ecos de Baudelaire y Eliot, el autor explora identidad, angustia y búsqueda creativa en un paisaje urbano de aliento sombrío.
© JESÚS CÁRDENAS

La poesía, a menudo, se erige como espejo de las fracturas del alma moderna, apresando la desazón que impone la urbe. El espacio urbano, lejos de la promesa de progreso, viene revelándose desde la Modernidad como un laberinto de soledad, un caldo de cultivo para la alienación, una realidad que autores como Baudelaire o Eliot ya intuyeron. Es en este contexto de angustia existencial donde la palabra poética encuentra su resonancia más profunda, desvelando la fragilidad del sujeto confrontado a la frialdad de la metrópoli, a la deshumanización y a su desmitificación.

Tras los libros de poemas El dios de las cosas tal y como deberían ser y Camada, Pedro Alcarria (Barcelona, 1975), enriquece su trayectoria poética con la última entrega, París Berlín Roma, y así, junto a su traducción de Las flores del mal (Ediciones Vitruvio, 2023), consolida un universo propio donde la belleza y la desesperanza se entrelazan.

Alcarria vuelve a publicar en Vitruvio

París Berlín Roma suena a postal turística, un breve suspiro de anhelo viajero, quizá un guiño a la belleza canónica, a esos lugares que conforman el imaginario colectivo. Sin embargo, pronto comprendemos la trampa. Tras la fachada de ensueño, se oculta la desolación, la errancia sinuosa de un alma perdida, la palpable pérdida de identidad en el dédalo urbano. Tres ciudades icónicas reducidas a escenarios de la alienación, despojadas de su glamour superficial para mostrar la crudeza de la existencia. Así nos lo confirma en las páginas preliminares Ángel Faretta: «Aquí las ciudades [son] estados anímicos que la red poética captura o rescata de estos recorridos».

El volumen se abre con un verso («Al que estaba en mi lado») y tres citas —Puccini, Baudelaire y Gottfried Benn—, preludio de la atmósfera sombría del poemario. A continuación, dos secciones: «Libro primero» y «Libro segundo». La disposición tipográfica sugiere capítulos distintos, pero son dos movimientos de un mismo río. El primero, con títulos; el segundo, un torrente de conciencia, con poemas que se agolpan en la página.

En estas ciudades de Pedro Alcarria resuena un eco de la urbe como espacio deshumanizado, una atmósfera de sofocante extrañamiento plasmada con lucidez. Esta visión, que evoca la alienación descrita por T.S. Eliot en La tierra baldía o el París decadente de Baudelaire en Las flores del mal, la convierte en el escenario perfecto para la desubicación vital, un sentimiento que cala hondo y que se evidencia en versos como «después de todo lo que bebí, y las cosas extrañas que hago, / y las cosas equivocadas que pienso, / soy varias versiones de la misma persona / que no sé cómo describir. // Que se contradicen al comenzar el viaje» en «Biografía».

Esta inquietud, esbozada por algunos de los bardos más trascendentes del siglo anterior, se palpa en piezas como «L’ Étoile», «El feto muerto de Caspar David Friedrich» o «Flores para cobardes» y deviene intimidante en la maestría con que se emplean recursos expresivos como la enumeración en «La ciudad». Allí, se incluye todo, desde objetos cotidianos hasta las actitudes más viles de sus habitantes, todo ello en un entorno europeo desmitificado, donde las urbes muestran su rostro más crudo, como en la Nueva York de García Lorca, un espejo deformante de la promesa americana.

A ello se suma una indefinición latente de los espacios, que se entremezclan generando una profunda perplejidad, reflejo de todo aquello que, potencialmente, se convierte en poema («Un poeta buscando inspiración, / París en Berlín y Berlín en Roma»).

Los versos de Alcarria resuenan como un grito ahogado.

Además, estas ciudades replantean la identidad del sujeto, la existencia corporal y la propia naturaleza de la poesía, sugiriendo que entra de lleno en ese intrincado repaso emocional, en esa búsqueda constante de sentido en medio del caos urbano. La voz poética se cuestiona su propio papel, su capacidad para aprehender la realidad. Así de tajante es Alcarria desde el primer poema: «Si alguna vez apesto a cobardía / tras años sin arder en puertos francos, / será porque he perdido las palabras / hundidas hasta el fondo de este cráneo». Una declaración de intenciones que revela la fragilidad del poeta, su lucha contra la desesperanza. Para concluir: «Pero esa luz en qué ciudad vendrá a morir, / en qué poema escarbará mi asombro». Versos que resuenan como un grito ahogado, una búsqueda incansable de una epifanía que parece esquiva.

Íntimamente vinculada a esta reflexión metapoética se encuentra «El poeta busca inspiración», presentada en una sucesión de imágenes que recuerdan a un inventario surrealista, un intento desesperado por encontrar la chispa creativa en el laberinto urbano. Así dirá en «Afirmo que mi símbolo es la máquina»: «Testifico que estoy al servicio de la palabra». A ello le seguirían de cerca composiciones como «Ars poética», «El poema», «Comida negra» o la enigmática «Los poemas destruyen la belleza», que ofrece también claves semánticas que unifican, ofreciendo máxima coherencia, el motivo central de la ciudad como espacio hostil y deshumanizador. Ahí Alcarria afirma: «Los poemas destruyen la belleza intentado perfeccionarla. // Yo querría ser elegante y después ascender preciso y bueno», una aspiración a la trascendencia que se ve frustrada por la crudeza de la realidad.

Alcarria considera que escribir es conservar algo esencial en medio del caos

Para posteriormente decir: «Pero la ciudad es algo incompleto y truculento, / un hombre sufre a tiempo para gritar en la cima / de una luz brillante», una imagen poderosa que resume la esencia del poemario: la ciudad como escenario de sufrimiento, pero también como un lugar donde la esperanza, aunque tenue, aún puede vislumbrarse. La poesía, en este contexto, se convierte en una forma de resistir a la deshumanización.

Para terminar recomendando este libro de poemas, París Berlín Roma, espigo una de las composiciones del «Libro segundo», de tono parece más íntimo, confesional incluso, pero que muestra a un poeta igual de desafiante, con una mirada honesta sobre las grandes ciudades europeas, despojándolas de su aura romántica. Versos, a continuación que contienen la esencia del volumen, una mirada que se adentra en las entrañas de la ciudad para desvelar sus oscuridades:

Siempre estoy bebiendo negro café,

brebaje infinito y mandando,

mientras el perro pájaro de Berlín,

canta solitario el ruido del orden,

belleza del colapso, epifanías,

sistemáticamente cada calle,

bajo la capa de piel y orina.

 

París Berlín Roma. Pedro Alcarria, Ediciones Vitruvio. Colección Baños del Carmen nº 1036, Madrid, 2025, 17 euros.

Foto de portada: Krisztian Tabori.


 

EL AUTOR

JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.

Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.